Guanajuato, Gto., 01 de febrero de 2025.– En lo más profundo de la Sierra Gorda de Guanajuato, donde los caminos son de tierra y la naturaleza dicta las reglas, hay quienes han convertido la protección de la Reserva de la Biosfera en un compromiso de vida. Son los brigadistas forestales de Cristo Rey, Xichú, y El Carricillo, Atarjea, guardianes de 236 mil 882 hectáreas de bosques, ríos y montañas que el 2 de febrero cumplen 18 años como Área Natural Protegida.
Para ellos, la Reserva es su diamante más valioso. Saben que de ella depende el aire puro, el agua limpia y la vida de especies en riesgo como el oso negro, el halcón peregrino y la rata canguro. Su labor es silenciosa, pero crucial: vigilan, previenen y combaten incendios que podrían devorar en horas lo que la naturaleza tardó siglos en formar.
El reto de la protección: riesgos, entrenamiento y entrega total
El trabajo de estos brigadistas no es sencillo. Patrullan durante horas por terrenos accidentados, entre cañones de hasta 400 metros de profundidad, expuestos a picaduras de serpientes, mordeduras de alacranes y caídas en medio de la nada. Cuando detectan un incendio, envían coordenadas precisas a la Coordinación Estatal de Protección Civil y, muchas veces, son los primeros en llegar al fuego.
Para enfrentar estos retos, Luis Felipe Vázquez Sandoval, director de la Reserva, solicitó un curso especial de capacitación a Luis Antonio Güereca Pérez, titular de Protección Civil en Guanajuato. Así, Humberto Romero Landín, instructor de Prevención, Capacitación y Difusión, viajó hasta la comunidad de Guadalupe, en Xichú, para fortalecer las habilidades de los brigadistas en primeros auxilios.
Más allá del fuego: primeros auxilios en la Sierra y en la escuela
El entrenamiento no solo se enfocó en incendios. También se abordaron emergencias escolares, pues, de manera inesperada, un maestro de primaria y dos mujeres de la comunidad decidieron sumarse al curso. “El docente, originario de Zacatecas, quiso complementar su conocimiento sobre curaciones y control de heridas, porque aquí, en la Sierra, la respuesta médica no siempre es inmediata”, explicó Romero Landín.
Y es que llegar a estas comunidades no es fácil. Desde Silao, el traslado hasta Xichú toma más de seis horas, y de la cabecera municipal a Guadalupe, entre una y dos horas más por caminos de terracería que, en época de lluvias, se vuelven intransitables. En estos parajes, saber atender una fractura o una mordedura de serpiente puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.
Un compromiso que se hereda
Los brigadistas de la Sierra Gorda no solo resguardan el presente, también siembran el futuro. Su tradición de cuidado se ha transmitido de generación en generación. Hoy, el miembro más joven tiene 19 años y el mayor, 57. “Ellos entienden que la Sierra les da de comer y que, por eso, deben protegerla”, comenta Romero Landín.
Conscientes de que la temporada crítica de incendios está por comenzar, estos hombres y mujeres se preparan para lo que venga. Porque, como ellos mismos dicen, cuidar la Reserva no es solo una tarea: es un legado.